sábado, 11 de julio de 2009

QUEMARLO TODO.


PASION POR LOS NIÑOS MUERTOS EN TUCUMAN.

Esos cuerpitos, niños enterrados en cajones rústicos, pequeños, casi de manzanas, frutos desechos, materia escasa y lúgubre del árbol de la vida que en ellos apenas ocurrió.

Cuerpitos mínimos, umbrales del deseo, nacidos y condenados desde la primera luz a una oscuridad sin tapujos, fatalidad extrema que no conocerá la piedad de soñar otro destino frente al espejo quebrado de la finitud.

Cuerpitos saqueados hasta de la capacidad de símbolos para una esperanza, o el engaño final. Muertes alucinadas, muertes de un terror vacío, muertes como espacios en blanco, humildes y sin defensa. No el martirio sagrado de los héroes y los cristos sino un inevitable y mecánico sacrificio sin adioses ni promesas de redención; muertes para la muerte, igual que los corderos ante el mazazo del matadero.

Cuerpitos de madres pobres que ahora rezan a sus angelitos y mañana tendrán otros angelitos también para las muertes si antes no nace un odio gigante, porque la conciencia también puede nacer como un odio gigante en los cuerpos de los niños y sus madres del sacrificio en un país que conoció tanta muerte que se olvidó de la vida.

Hablo de los cuerpitos, estoy ante las fotos, me miro en los ojos ahora bajo la tierra de Tucumán, cuerpitos humillados en la inmensidad sin nombres ni memoria, simple comida para los bichos que no tendrán hambre, porque los cuerpitos fueron todo el hambre posible en la hambruna cruel de un país más que cruel en su perversa y tan larga ceguera.

De las almitas de los niños sacrificados -¿o no hubo aquí un sacrificio público?- se encargará algún Dios, si es que aún existe y atiende tales menesteres. Son almitas puras, inmaculadas, sin amores, sin odios. Ni siquiera tuvieron tiempo, o aliento, para las pasiones.

Acaso las almitas no sientan el hambre, ni guarden recuerdos del cuerpo que las albergó.

Los cuerpitos sí conocieron cada una de las palabras del hambre, y los gritos y el silencio que arriban con lo peor del hambre.

El hambre fue la muerte, que no necesitó guadaña ni vistió sus mantos negros.

Una muerte sin bombas, sin tiros, sin el cuchillo que desgarra la carne. Una muerte sin alaridos ni sangre, sin más obscenidad que la propia muerte. Una muerte limpia para que no manche sus manos el Poder.

La realidad es muy simple, como una piedra que sostiene otra piedra: el hambre de los niños es la muerte de los niños. No muestra sonrisas, tampoco lágrimas.

Estas muertes no conocerán el duelo de los serenos, escapan a la sublimación de los bien pensantes, rechazan y rechazarán la justificación de los justos que reproducen la justicia encaramada sobre cruces y tumbas. Son muertes para escupir sobre la justicia, sus jueces y sus tumbas.

Músicas sin música, cuerpitos para el hambre, almitas sin gracias celestes que padecieron en la tierra el infierno de los pobres...

Niños muertos de Tucumán en la última estación de la tristeza...

Aquí, en este país, donde por miedo, obsecuencia, especulación o egoísmo, con conciencia o con alineación, por ser idiotas o por ser perversos, o por lo que mierda Dios sea, buena parte de su sociedad se dejó llevar a sus vivos y no enterró a sus muertos, y más tarde, con liviandad que asquea y pone un carbón ardiente en la punta de la lengua, arrimó hasta las manos del verdugo la soga para su propio ahorcamiento; aquí, en este país, donde las sobras de la comida se disputan a golpes y mordiscos por las calles, se terminó la inocencia.

Una a una conocemos las luces para resistir, pero también las sombras para el espanto.

Todos sabemos qué está pasando en el país. El inventario de desgracias rebasa el libro y la paciencia del buey apesta por los cuatro costados.

Más todavía: las causas de la desgracia ya se exhiben desnudas, con la grosera pornografía con que un poder pagado de sí se arroga las llagas que provocó.

Hay nombres y apellidos para el Terror de Estado del ayer; las muertes por hambre (y por represión) del hoy, y las lágrimas por los caídos que se sucederán en las luchas de mañana. Nunca un Imperio, el sistema de producción económica que lo sostiene, las clases dominantes que administran los territorios periféricos –y resguardan hasta el máximo su visión del mundo y sus privilegios–, y la cultura de tánatos que justifica y da razones sobre su existencia, abandonan el campo de la batalla de la historia sin provocar el estruendo, el daño y el dolor que ya es parte de la larga memoria de los pueblos.

Hablamos del hambre, la pesadilla que tiñe con crueldad las horas que se viven.

El hambre no lo provocó la ira de un Dios vengativo, o sufriente por el escaso amor de sus criaturas perdidas en el desvarío de un sálvese quien pueda. El hambre tampoco vino a caballo de una naturaleza despiadada o sumida en el desorden por terremotos, plagas o sequías.

La tierra sigue generosa, las lluvias no alteran su buena medida. Se amontonan las frutas y verduras y explotan de granos los silos. La comida sobra. La comida da, da y da riquezas. He ahí el drama: la comida ya no es comida. La comida es, por sobre todo, riqueza. Que no se distribuye. Que se acumula. Que se convierte en instrumento de usura, en poder político y en institutos morbígenos. Es una fábula sin tiempo, simple y terrible –más terrible cuanto más simple. Con niños que se mueren de hambre y hombres –y sus empresas y la red financiera detrás de las empresas–, que no terminan de contar la riqueza que les dejan los frutos de la tierra, mientras la belleza del mundo no se detiene, porque también la belleza perdió su conciencia.

Para que una sociedad deje morir a sus criaturas más desvalidas, inocentes, y todo sigue igual bajo el sol, debe haber una organizada impunidad –para escapar del castigo–, una gruesa complicidad –para reproducir la causalidad de los hechos–, y una aberrante plusvalía final, porque un poder rapiñoso saca provecho político mostrando su interés por los cadáveres.

Más allá de fáciles habladurías y compasiones que se pierden en cualquier atajo del camino, hay voluntad en quienes están en el poder, y en muchos que los sostienen como sus representantes, para que las muertes por hambre de los niños se instalen con naturalidad, y hasta aburrimiento, en nuestros días.

Una sociedad amparada en su estructura perversa, y más allá del mono o del verdugo que de la cara, debe seguir castigando a los cuerpitos, condenados por el delito de nacer donde y cuando no se debía.

Que nadie lo olvide. Para eso están sus fotos monstruosas en los diarios y pantallas. Son cuerpos que abundan, que poco sirven; alguien de la escuela de Lombroso diría, mirando sus orejas raquíticas, que nacieron para la mendicidad o el crimen, que suelen ir de la mano.

Cuerpos desechos. Pobres de la peor pobreza. Hijos y nietos de pobres que, si escapan a la Parca, padres de pobres serán.

Cuerpitos que a la hora de los lobos, cuando ya no se rezan rosarios ni se recuerda la letra de la Constitución, morirán de tan definitivamente pobres, de tan desesperados y hambrientos, de tan poquita cosa esos cuerpos y esos almitas que tampoco parecen humanos, aunque la humanidad de los vivos sea apenas la sombra de los pobrecitos muertos.

Hay hoy en mi boca –y acaso en otras bocas– un deseo oscuro y grueso, sin matices, que tensa el campo de la razón y pone al rojo vivo, como en un sueño terrible, el sentido de lo justo y necesario: quemarlo todo.

Por Vicente Zito Lema

Buenos Aires, diciembre de 2002

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