sábado 11 de julio de 2009

DESAPARECIDOS - CON MUSICA Y EFECTOS DE JOAN PRIM Y GROD MOREL

QUEMARLO TODO.


PASION POR LOS NIÑOS MUERTOS EN TUCUMAN.

Esos cuerpitos, niños enterrados en cajones rústicos, pequeños, casi de manzanas, frutos desechos, materia escasa y lúgubre del árbol de la vida que en ellos apenas ocurrió.

Cuerpitos mínimos, umbrales del deseo, nacidos y condenados desde la primera luz a una oscuridad sin tapujos, fatalidad extrema que no conocerá la piedad de soñar otro destino frente al espejo quebrado de la finitud.

Cuerpitos saqueados hasta de la capacidad de símbolos para una esperanza, o el engaño final. Muertes alucinadas, muertes de un terror vacío, muertes como espacios en blanco, humildes y sin defensa. No el martirio sagrado de los héroes y los cristos sino un inevitable y mecánico sacrificio sin adioses ni promesas de redención; muertes para la muerte, igual que los corderos ante el mazazo del matadero.

Cuerpitos de madres pobres que ahora rezan a sus angelitos y mañana tendrán otros angelitos también para las muertes si antes no nace un odio gigante, porque la conciencia también puede nacer como un odio gigante en los cuerpos de los niños y sus madres del sacrificio en un país que conoció tanta muerte que se olvidó de la vida.

Hablo de los cuerpitos, estoy ante las fotos, me miro en los ojos ahora bajo la tierra de Tucumán, cuerpitos humillados en la inmensidad sin nombres ni memoria, simple comida para los bichos que no tendrán hambre, porque los cuerpitos fueron todo el hambre posible en la hambruna cruel de un país más que cruel en su perversa y tan larga ceguera.

De las almitas de los niños sacrificados -¿o no hubo aquí un sacrificio público?- se encargará algún Dios, si es que aún existe y atiende tales menesteres. Son almitas puras, inmaculadas, sin amores, sin odios. Ni siquiera tuvieron tiempo, o aliento, para las pasiones.

Acaso las almitas no sientan el hambre, ni guarden recuerdos del cuerpo que las albergó.

Los cuerpitos sí conocieron cada una de las palabras del hambre, y los gritos y el silencio que arriban con lo peor del hambre.

El hambre fue la muerte, que no necesitó guadaña ni vistió sus mantos negros.

Una muerte sin bombas, sin tiros, sin el cuchillo que desgarra la carne. Una muerte sin alaridos ni sangre, sin más obscenidad que la propia muerte. Una muerte limpia para que no manche sus manos el Poder.

La realidad es muy simple, como una piedra que sostiene otra piedra: el hambre de los niños es la muerte de los niños. No muestra sonrisas, tampoco lágrimas.

Estas muertes no conocerán el duelo de los serenos, escapan a la sublimación de los bien pensantes, rechazan y rechazarán la justificación de los justos que reproducen la justicia encaramada sobre cruces y tumbas. Son muertes para escupir sobre la justicia, sus jueces y sus tumbas.

Músicas sin música, cuerpitos para el hambre, almitas sin gracias celestes que padecieron en la tierra el infierno de los pobres...

Niños muertos de Tucumán en la última estación de la tristeza...

Aquí, en este país, donde por miedo, obsecuencia, especulación o egoísmo, con conciencia o con alineación, por ser idiotas o por ser perversos, o por lo que mierda Dios sea, buena parte de su sociedad se dejó llevar a sus vivos y no enterró a sus muertos, y más tarde, con liviandad que asquea y pone un carbón ardiente en la punta de la lengua, arrimó hasta las manos del verdugo la soga para su propio ahorcamiento; aquí, en este país, donde las sobras de la comida se disputan a golpes y mordiscos por las calles, se terminó la inocencia.

Una a una conocemos las luces para resistir, pero también las sombras para el espanto.

Todos sabemos qué está pasando en el país. El inventario de desgracias rebasa el libro y la paciencia del buey apesta por los cuatro costados.

Más todavía: las causas de la desgracia ya se exhiben desnudas, con la grosera pornografía con que un poder pagado de sí se arroga las llagas que provocó.

Hay nombres y apellidos para el Terror de Estado del ayer; las muertes por hambre (y por represión) del hoy, y las lágrimas por los caídos que se sucederán en las luchas de mañana. Nunca un Imperio, el sistema de producción económica que lo sostiene, las clases dominantes que administran los territorios periféricos –y resguardan hasta el máximo su visión del mundo y sus privilegios–, y la cultura de tánatos que justifica y da razones sobre su existencia, abandonan el campo de la batalla de la historia sin provocar el estruendo, el daño y el dolor que ya es parte de la larga memoria de los pueblos.

Hablamos del hambre, la pesadilla que tiñe con crueldad las horas que se viven.

El hambre no lo provocó la ira de un Dios vengativo, o sufriente por el escaso amor de sus criaturas perdidas en el desvarío de un sálvese quien pueda. El hambre tampoco vino a caballo de una naturaleza despiadada o sumida en el desorden por terremotos, plagas o sequías.

La tierra sigue generosa, las lluvias no alteran su buena medida. Se amontonan las frutas y verduras y explotan de granos los silos. La comida sobra. La comida da, da y da riquezas. He ahí el drama: la comida ya no es comida. La comida es, por sobre todo, riqueza. Que no se distribuye. Que se acumula. Que se convierte en instrumento de usura, en poder político y en institutos morbígenos. Es una fábula sin tiempo, simple y terrible –más terrible cuanto más simple. Con niños que se mueren de hambre y hombres –y sus empresas y la red financiera detrás de las empresas–, que no terminan de contar la riqueza que les dejan los frutos de la tierra, mientras la belleza del mundo no se detiene, porque también la belleza perdió su conciencia.

Para que una sociedad deje morir a sus criaturas más desvalidas, inocentes, y todo sigue igual bajo el sol, debe haber una organizada impunidad –para escapar del castigo–, una gruesa complicidad –para reproducir la causalidad de los hechos–, y una aberrante plusvalía final, porque un poder rapiñoso saca provecho político mostrando su interés por los cadáveres.

Más allá de fáciles habladurías y compasiones que se pierden en cualquier atajo del camino, hay voluntad en quienes están en el poder, y en muchos que los sostienen como sus representantes, para que las muertes por hambre de los niños se instalen con naturalidad, y hasta aburrimiento, en nuestros días.

Una sociedad amparada en su estructura perversa, y más allá del mono o del verdugo que de la cara, debe seguir castigando a los cuerpitos, condenados por el delito de nacer donde y cuando no se debía.

Que nadie lo olvide. Para eso están sus fotos monstruosas en los diarios y pantallas. Son cuerpos que abundan, que poco sirven; alguien de la escuela de Lombroso diría, mirando sus orejas raquíticas, que nacieron para la mendicidad o el crimen, que suelen ir de la mano.

Cuerpos desechos. Pobres de la peor pobreza. Hijos y nietos de pobres que, si escapan a la Parca, padres de pobres serán.

Cuerpitos que a la hora de los lobos, cuando ya no se rezan rosarios ni se recuerda la letra de la Constitución, morirán de tan definitivamente pobres, de tan desesperados y hambrientos, de tan poquita cosa esos cuerpos y esos almitas que tampoco parecen humanos, aunque la humanidad de los vivos sea apenas la sombra de los pobrecitos muertos.

Hay hoy en mi boca –y acaso en otras bocas– un deseo oscuro y grueso, sin matices, que tensa el campo de la razón y pone al rojo vivo, como en un sueño terrible, el sentido de lo justo y necesario: quemarlo todo.

Por Vicente Zito Lema

Buenos Aires, diciembre de 2002

martes 30 de junio de 2009

Las palabras, la identidad, y los perros de la pobreza…

Por Vicente Zito Lema

Hay palabras, en el origen de la vida… En la noche absoluta y sin matices hay palabras cuando la vida fue, memoria de la noche absoluta y sin matices… Que no se reitera, pero tampoco existe sin el común origen, fuera de una resonancia que perturbe el vacío…
Hay palabras que nacen sin recuerdo de la eternidad.
Son palabras fugaces, frágil llama en el viento… Viven en un tiempo atroz. Ocupan un espacio atroz. Les espera una oscuridad atroz; negrura que jamás conoció la luz…
Tiemblan en una soledad sin labios; sus huellas son tenues, fugitivas, apenas las pisadas de una sombra…
Post Scriptum: La palabra aquí es el alma, que resguarda al cuerpo en los aprestos del cadáver… ¡Ah, las músicas, las músicas!… Más allá de sí, de una decisión o de la voluntad; puras palabras ajenas a la voracidad de la muerte… Son palabras sin cuerpo, deberán construirlo; y en la medida que la palabra forma el cuerpo, el cuerpo dará sentido a todos los silencios…; en especial al que asoma en el final del camino… La muerte, entonces, también se construiría con la palabra y el alma tendrá cabida en el regocijo del cuerpo… (La palabra obscenidad quedará clausurada, el miedo se morderá su cola, los cielos vivirán en los cielos, y “la muerte ya no tendrá poder”…)

Hay palabras que nacen para increpar al destino. (Lucen celestes en el crispado río; son las palabras del viaje…)
Hay palabras que nacen cuando nacemos… De nosotros mismos, instante del instante, agónicos, oscuros, incompletos…
El cuerpo sigue siendo sangre sin carne; el alma todavía acomoda sus pasiones, sabe del desvarío, sabe del desamparo y como una bailarina ciega se prepara en las sombras para las danzas…
Post Scriptum: Semejante a la lluvia, que atraviesa los cuerpos, vemos a una madre que muerde las palabras, amorosa primero y más tarde arropada en una piedad extrema; ella puede sentir el aleteo de la muerte y se aleja, presurosa, en su boca carga el grito como si fuera la piedra de su martirio..., sueña con una pradera de salvación…

Hay palabras que nacen como nace el silencio, en el fin de las distancias, en el agua donde comienza el desierto después de la sed; allí donde los hijos matan a sus padres porque son jóvenes y fuertes y necesitan reír sin que nadie se refugie en sus risas con pasos de viejo y con ojos de viejo que ya no separan el bien del mal, por tanto hablar con la muerte. Allí, en el mismísimo lecho de la divinidad, donde el primer hombre y la primera mujer todavía se descubren… ¿lujuriosos…? ¿…azorados….? ¿Felices porque Dios no soporta la provocación y se fuga….? ¡Ah las bellas criaturas del temblor!... ¿Qué palabra colmará semejante mar sin peces; la palabra ayudará a entrar en el mundo del beatífico esplendor terreno a ese cuerpo que nunca entró, que jamás de los jamases salió de sí, aterrado, aterrado…?
Post Scriptum: cuando la palabra desafía a la divinidad, se come la lengua; ¿o es posible imaginar una palabra que no traicione a la muerte…? ¿Miedo y silencio son las dos caras de una espera que se resigna a ser espera…? ¿La rebeldía de la palabra que no existe sin un bendito o maldito amor a Dios, es el último sostén de “un alma en vilo”…?

Hay palabras que esperan a los cuerpos, sin mansedumbre, cumpliendo el ritual de la inocencia; así también los cuerpos aguardan sin guardia a las palabras en la noche de su destierro… Todo fluye hacia un espacio de anuncios; la identidad de la palabra se abre paso en el pantano; sucia de si, se pierde y se encuentra; sucia de sí, balbucea en el lodo, da gracias a los cielos como un naufrago que se aferra a las raíces de la orilla…
La identidad de la palabra –en las delicias del amor o en el socavón del odio, tanto da–, es una palabra que se alza, letra más letra, ladrillo a ladrillo, con la misma paciencia, con el mismo asombro que siente el cuerpo cuando descubre la lluvia en una lejanía sin nubes…
Post Scriptum: ¿Qué sucede con la palabra; tambalea, se sacude hasta en los cimientos su identidad, cuando un ser poseído por la angustia apresura los tiempos de la agonía inevitable y escribe su destino…?(¡Ah esa hoja que cae, dorada… dorada…!)
¿No será un anhelo de la palabra, que la palabra devaste a la agonía, así la palabra escucha a la palabra…? ¿O acaso el silencio no habla con el silencio en la noche perfecta de la perfecta mañana…?

Hay palabras que arden y arden con ansiedad y brillo en los pliegues de la caverna. En la desmesura de su totalidad, como unidad del lenguaje ungido en verdad amorosa, las palabras incendian la tierra del día y los cielos de la noche. Lentas palabras de agua, sirven para perderse en el vientre de una estatua de sal. Raudas palabras de aire, van y van, van y van…. Nube en las nubes… Las nubes se sostienen de palabras, jamás de llantos. (Nadie llora cuando la muerte resucita en los pasos de la belleza…)
Post Scriptum: El tema de la palabra es la fuga. Por fuera de su deseo el viento de la boca la enloquece; es su Mistral. Las palabras sobran en el cuerpo; hasta un barril sin fondo ni fin (aparente) desborda en el diluvio…
La fuga es un viaje en el navío de la angustia; allí la palabra es una valija que se hunde en el mar, puro lastre…

Hay palabras que sin respiro nos arrojan ante un espejo inapelable: ahí está la vida, ajena a la retórica, esquiva de los artificios, hosca frente a las representaciones que ahuecan las pasiones hasta el hartazgo…. Ahí está vida, muestra sin pudores ni moralinas sus carnes en llagas como si fueran el sol de los sacrificios, el himno de las miserias, un coro de condenados; y detrás, casi en penumbras, dolida, impotente, avergonzada, asoma otra vida, la que se soñó sería. (En el amor, sería; en lo justo, como acto primero y finalidad postrer, sería…)
Palabras y palabras, que den validez al mayor de los desgarros, en esa hora en que las mentiras ya no sirven, los lamentos persiguen inútilmente a los fantasmas y el número de muertes en el hambre de la calle espanta de la cama a las más aguerridas de las amantes… (Ah, ya no hay pausa ni para el perfume de los jazmines…)
Post Scriptum: En los bordes de la soledad alguien -¿nuestra mano?  arroja una piedra húmeda y con algas contra el espejo; el espejo estallado es un alma que tiembla ante la negrura infinita del abismo… (¿Pero de quién es ese hambre de lengua desesperada que lame la piedra hasta nacer cadáver? ¿No es un niño el que yace en ofrenda servil ante los ojos del carancho…? ¿La redención es el comienzo de otra farsa…?


Hay palabras que advierten: la identidad del ser está en la palabra; es la palabra en la palabra, que da vida a las palabras; pero no se agota ahí, los usos y costumbres de la muerte tampoco se rinden tan fácilmente… Y cuando la palabra áspera en la garganta, de fuegos en los labios…, no coincide en sus huellas con los actos, se desnuda la impotencia del acto para constituirse en la esencia viva de la palabra: desde el origen su filo está mellado… (La criatura humana que pende de un hilo en el abismo no tendrá un final piadoso. O al menos pulcro, como exigen los notarios del buen dolor.)
Post Scriptum: Si el ser se consustanció con la palabra al punto de pervertirse en la pura palabra, fallece en el tamaño escándalo. Si el ser se reduce al acto, y construye su morada con paredes flacas, languidecidas, obre con conciencia o se sitúe lejos de ella, no tendremos otro fruto que un exceso de materialidad fingida… Nada así merece la existencia, la contradicción se resuelve en el silencio… (Las aguas del río corren hacía el océano, o se secan…)

Hay palabras de singularidad absoluta, profetizan el bien, aún sin topia. Hay palabras que sólo viven en la comparación, son palabras para el metro y la balanza, son palabras que nos hablan del mal porque imponen que alguna vez existió el bien -sea como idea, sea como acto-; lo necesitan para poder ser, así como la riqueza, más que considerada en sí, necesita de la pobreza para construir su identidad; existe necesariamente desde lo otro, que aquí es el dolor, inevitablemente dolor, tanto en el paroxismo de la sumisión, como en el inicio de la rebeldía.
También hay palabras pobres, de irreductible pobreza, su perfección puede concebirse en el grito, un grito del alma, en tanto su alegría y su tristeza provocan una misma fascinación: el velo está corrido; la luz nos desborda hasta el límite del sufrimiento, se funde con la locura. Hay palabras que a su vez necesitan del murmullo. Un murmullo con guijarros en la boca que pronuncia y un murmullo de pétalos de rosas en la misma boca cuando se cierra… Así podremos recorrer un extenso pentagrama, que se inicia en un cristal velado y culmina con trompetas y trombones para un cristal roto…
Post Scriptum: La lengua privada de los dioses para entenderse con la criatura humana es la lengua de los delirios; algo así como la piel de un lago… En la criatura humana el delirio es una necesidad voraz del espíritu, pura espuma de luz para no estallar de impotencia… Se trata de una belleza más que precaria, arena en el cosmos, no termina de aparecer cuando ya se extingue… Eso sí, su estela es imborrable. Tras su recuerdo, ya nada será como fue…

Hay palabras que nos habitan y preparan para el espanto que espera cuando descubrimos la eternidad en los ojos de un gato que merodea a los prontos muertos en las camas siempre húmedas de un hospital de pobres. Hay palabras que acompañan nuestro asombro en el surco de la conciencia; hay palabras que regresan extenuadas por su viaje y sin embargo persisten en interrogarnos: ¿qué es el grito…? Puertas adentro de un asilo de pobres hallamos una respuesta: el grito es la identidad del ser en la palabra, cuando el cuerpo fallece en su deseo: quiso construir la casa del alma… y era un tiempo sin treguas ni reconcilio…
Post Scriptum: Nadie llega al grito sin haber socorrido a la palabra, atascada en la muchedumbre de la soledad… Nadie se va del grito sin la certidumbre de conocer el cuarto de pobres donde duerme la muerte de los pobres. La palabra, entonces, ya no se protege y cuelga los guantes, de todas formas seguirá respirando… (Quien no se protege es el niño de la pobreza;llueve, como llueve cuando se enojan todos los ángeles, y entra en ese cuarto… Aquí, el pronóstico es certero, inevitable. El niño de la pobreza respira en el aire de la muerte; su suerte depende de un suspiro…)

Hay palabras que aguardan en la más profunda mismidad (pienso en un eterno socavón de una mina de diamantes, donde un perro de dientes negros roe la garganta de la luna…); en ese borde de fuga, resbaladizo, donde el lamento –en su abundancia y para mayor desgracia se transforma en vacío… Hay palabras para que el destino trágico del condenado pase a ser el drama vivo de una conciencia viva. Habría aquí una gracia de la voluntad, mucho más que una vía de milagro…
Hay palabras como cataratas de la realidad, como reiteración que defiende lo que ya existe; y hay palabras que traen las voces del sueño y del delirio, para que, ¡vaya paradoja!, la realidad de una vuelta campana y cobre sentido y agote los sentidos en la conciencia que despierta, incluso atroz, sobre los bosques de la inocencia… Hay palabras que mudan de río en río, que no soportan un mísero instante de quietud; ven allí los prolegómenos de un suicidio… Hay palabras que los dioses y los demonios consagran sobre nuestras cabezas, a sangre y fuego si es preciso, con la misma intensidad de un auto de fe, o de un mito… Hay palabras alucinadas que los ángeles nos susurran al oído, en memoria de aquellos días en que también éramos ángeles, aunque nuestros ojos estuvieron lacerados de tanto mirar los ojos del sol…
Post Scriptum: ¿La palabra es un artificio, la última jugarreta antes de aceptar que sólo nos pertenece un lecho. no un lecho de mar sino de escombros? De eso se trata: entrar en el sueño sin haber salido del sueño, tirando abajo, pacientes y obstinados, el muro que nos encierra. Ese muro que nos obliga a permanecer en una imitación trágica, en esa sustitución degradada de lo real, que realizamos día a día, con la ilusión de continuar vivos, por más lejos que se nos vaya la vida. Bienvenida pues la destrucción, aunque soñar deja de ser un deseo protector y el lecho de escombros se revele como una tortura cotidiana. En el exceso de contenido, que ahora se derrumba, se inicia un proceso (una angustia) liberadora. En tanto la pobreza es un exceso cruel, la tarea de demolición urge.

Hay palabras que recogemos de otras palabras, son su alma, y las volvemos propias, como si fueran la bóveda celeste con estrellas de infinita finitud de luz, donde esperan nuestros muertos… dormidos en sus lágrimas…
Las lágrimas guardan la memoria de un placer que no fue cumplido, y llegan ahora, convertidas en el eco de un dolor lejano, lejanísimo, casi impalpable, pero que aún escarba la herida.
De pronto ese dolor pega un salto sobre las ciénagas con botas de gigante, lo que ayer fue una ilusión, o un socorro de las magias, es hoy el parto de una rebeldía que entre gritos, llantos y risas nos llama, planta en el universo una nueva esperanza. Entonces la palabra deja de ser la idea, una escuálida idea; hay un cuerpo, surge el acto. La palabra en acto es nuestra piel, la pasión que estremece todo lo que somos… (Materia de un sueño irrepetible, que contamos y contamos en la levedad del día…)
La palabra no se desmerece. La palabra reconoce que hubo aquí una ceremonia virtuosa en los jardines del amor, a la hora del crepúsculo…
Vibran todavía apalabras de dulzura, mientras nos cierran los ojos… Lo que parecía un mare nostrum es el rocío de la lengua…
Post Scriptum: De los pliegues originarios de una realidad que no se finge, reconocemos una ética que poco y nada tiembla al maldecir las metáforas, las alegorías y las interpretaciones de las palabras que naturalizan el crimen de la pobreza y petrifican los actos de sumisión.

Hay palabras que son cuchilladas de alegría, cortan los nudos de un tajo: purísimo, prístino, primigenio… ¡Ah vida que renace para la vida!... ¡Ah historia de la criatura humana que puede ser contada desde los tajos…los que se dieron y los que no se dieron!
Hay palabras que a duras penas cargan con la tristeza; yacen sobre el sudor de sus pesadillas, beben de su sangre para su sed, caminan sobre las sombras y confunden su sombra, el ahogo de su sombra, con la muerte que anhela, acecha, abraza…
Hay palabras que son nuestros ojos: miran a los niños de la pobreza. (¿Saben de ellos? ¿Pueden mirar desde ellos? ¿Qué es la mirada? ¿Para quién es la mirada…?)
El firmamento celeste, muy celeste y cristalino se apaga. Las bellas nubes desaparecen rápidas en la garganta de algún fantasma…
Entramos en un territorio sin plegarias ni deseos. Aquí la identidad de la palabra, que marca el espacio y el tiempo del otro, y desde allí nos mira, sería un reconcilio con la muerte; un diálogo entre dos mentiras. Pena y pena. Apenas la pena…
Post Scriptum: Son días en que el lenguaje social se viste con las ropas del diálogo. Este gran paradigma nos huele a pescado viejo, a cadáver molido.
¿Diálogo entre quien tiene la soga en el cuello y el otro que de la cuerda tira?
Lo que se ve aquí es una lengua negra que se esfuerza hacía un cielo sin cielo; y del otro lado un verdugo, un poco cansado y un poco aburrido, que se acomoda sobre el pasto, en vísperas de la siesta…

Hay palabras que asaltan nuestra conciencia, y ahora dicen: desde el cuerpo en llagas y con el alma en fuego y sin halagos; desde el centro mismo de una existencia, capaz de firmar su propia partida de difunto sin renunciar al sentido de sus pasos, se puede construir una poética de alabanza a la belleza.
Sí, belleza, exaltación en alza de la palabra que la nombra, aún sobre la tierra púrpura, arrasada; aún sobre los propios huesos arrasados…
La pregunta roe la frente: ¿quién escribirá esas palabras de belleza; quién llenará esa espera florecida, cuando los perros que ayer aullaban a la luna hoy le aúllan en la cara a los niños empobrecidos de la pobreza…?
Post Scriptum: En tanto la contradicción llega al límite de lo insoportable, descubrimos que hay palabras que sólo tienen sentido como preguntas; y hay preguntas que han nacido como silencio… ¡Que el dolor lave las bocas!

Vicente Zito Lema,
Buenos Aires, mayo de 2009

viernes 26 de junio de 2009

PASION POR LA JUSTICIA


En memoria de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki;

hermosos luchadores sociales, jóvenes acribillados a balazos

por una partida policial de la Provincia de Buenos Aires,

el 26 de junio de 2002, durante la violenta represión

organizada y amparada por el Poder en el Puente Pueyrredón,

y que culminara como tragedia en la estación de tren de Avellaneda.

Cuando vio a las humildes mariposas del bañado

Con sus alas clavadas y quemadas

En el altar de todos los días

Más que clamar a los dioses por justicia

O derramar nuevas lagrimas sobre los valles agotados del lamento

Quiso ser justo

Las puertas de cristal del paraíso están cerradas

Ni siquiera piedad tendrán las mariposas, se dijo

En un tiempo donde los cielos son una tierra sin luz, baldía

Y las flores del amor se pudren antes de nacer

En los bordes de las tumbas…

Quiso ser justo y ningún ángel ciego le entregó su espada

Ningún héroe antiguo le susurró secretos; ningún viento

Cálido y venturoso acaricio las velas de su navío…

A mordiscones, entre gritos de pecho desnudo y gomas quemadas

para el vuelo de los cuervos

Apenas empuñando un palo y el pañuelo palestino

Debajo de los ojos que ardían

En el grueso mar de las desdichas

Inició su odisea…

Mientras su vida navegaba sobre la cresta de las olas

Supo que hay una ciudad en las colinas de la riqueza

Donde los cuerpos devoran a los cuerpos como si fueran de oro…

Y que otra ciudad crece y crece en las espaldas de la basura

Y allí las almas lloran a las almas como si fueran el pan de dios…

Quiso ser justo y recorrió la muralla que separa las ciudades

Supo que las murallas de piedras son pasiones tristes

Y la última piedra es el silencio

Supo que las bocas del silencio jamás besan

Y que el pecado de la pobreza se paga con la muerte…

Una noche de tormenta con furiosos destellos azules

Soñó que la diosa justicia – Temis, la madre

de las parcas, la llamaban –,

Se alzaba desde el fondo de las aguas y se escurría

Como un pez de sol entre sus sábanas frías…

Se arrimó al fuego, buscaba un abrazo. Ella se negó, con risas.

Sintió el desprecio como si fuera un gato de porcelana

Solo puedes mirarme y desearme. Mi dueño es la ley,

y el dueño de la ley es el poder, que tiene un dueño…

la muerte, que violó a mi madre, para que

yo naciera, dijo ella, y su voz de infante

pareció la seda del alba

cuando la rasga un relámpago…

Y se fue de su vida como se fue del sueño

Desnuda y ajena, igual que cuando llegó…

A caballo de la eternidad…

Abrió sus ojos en la oscuridad de una cueva de diamantes…

Detrás de los pinos tardíos el desierto se movía

Más rápido que el viento y tan frágil

Como una bailarina

Y más lejos, donde la mirada se termina entre crespones de niebla

Pudo leer el anuncio del alba: ya llega la estrella matutina…

La justicia se ofende con las pasiones, dijo, casi a gritos

hechizado por la luz, aún sin decidirse

entre el rojo y los celestes que abundaban…

Acaso el terror le haya secado los labios, dijo, más calmo

La justicia cierra su culo sobre la riqueza

y se pavonea con aires de ninfa, dijo, y se rió

como ríen los muchachos en el barrio…

Vio mil potros sudorosos al galope por las pampas y pensó

otra vez en la justicia…

Su belleza huele a cadáver pero ella no lo sabe…

Nació muerta en un tiempo de esclavos, dijo al fin,

con tristeza y agotó su cigarrillo

como quien agota la paciencia en los filos del aire…

Quiso ser justo. Volvió a su navío. A su viaje

Entre las aguas de la miseria y los barros

Del dolor que se eterniza y se muestra

Al desnudo y tan natural como la noche más noche

Donde ni siquiera brilla el consuelo de la luna…

Quiso ser justo. Allí estaban las fábricas cerradas,

Las escuelas caídas como hojas del peor invierno, ayer doradas,

Y los hospitales con sus madres y sus niños en colas infinitas

Que poco alivian los rezos y las maldiciones

Allí estaban la prostitución y el pegamento

para las criaturas que cruzan la puerta del infierno

Allí, bajo las ramas raquíticas y las ochavas mojadas

se veían los colchones de jirones, de fantasmas,

para que los viejos entre toses y gargajos

amarillos tengan el último de los sueños negros…

Quiso ser justo y abrió su corazón a todas las lluvias…

Con la inocencia del recién nacido

Era el fervor de quien decide mover el mundo

Día tras día… hora por hora…

Hasta lograr con sus manos el milagro…

Quiso ser justo allí donde lo justo escasea como los lirios en el potrero

Eligió por puerto un barrio donde sólo abundan los caminos

Que llevan al cementerio

Trabajó duro en la bloquera (lo más duro fue organizarla)

Trabajó duro levantando la salita de salud y la biblioteca

Trabajó duro moviendo las conciencias

En el pueblerío duro del sur

Quiso ser justo: o sea que su acción diera sentido

a la idea primigenia de la vida,

la que mueve las almas y los sueños;

o sea darle finalidad de bien común

a la reproducción material de la existencia,

para que el gozo de lo creado

detrás de la necesidad,

en pos de la belleza,

no lo pervierta el valor de cambio,

tampoco lo espante la usura;

Y más aún: que la igualdad en las dichas

de la vida resulte la más dicha,

en el viaje de los cuerpos amorosos

que trepan a sus navíos…

Quiso ser justo y cuando el hambre no tuvo respuesta

Recogió piedras para acompañar las palabras – y las palabras

fueron más limpias y más sonoras –

Y cortó las calles, las rutas y los puentes

para no cortar

el dulce hilo de la vida

Y sonrió con la bella arrogancia del justo: no somos

elefantes para morir en soledad, dijo

Aunque cierren los ojos y nos desprecien, aquí estamos…

Aunque nos declaren la guerra seguimos en el viaje, dijo

Y junto a sus compañeros del barrio que cuidaban su navío

Alzó sus manos con palos hacia el cielo

Como si fueran la corona triunfante de la tierra…

Esa mañana como nunca la gente del reclamo a flor de piel estaba allí

con tantas cicatrices como mil colores

Sobre los cuerpos sin artificio

También como nunca las fuerzas del poder los esperaban,

Arteros en lo suyo,

Preparados para una guerra en el espacio

Quiso ser justo entre los justos

Rabioso, con toda la espuma del amanecer

Amenazante, listo para pisotear la cabeza del monstruo

Otra vez la historia se obstinó en mostrar

Que las armas en manos del poder

Pueden más que los corazones desarmados…

Quiso ser justo entre los justos

Ayudó como pudo en el desorden de la retirada

Cuidó a los más desesperados

Dio aliento al que sufría las heridas (eran balas de goma

y después de plomo)

Siguió siendo justo con ojos desencajados

Por los gases y las visiones del dolor

Ardía, era muy joven, no había bebido los alegres vinos

en la noche de bodas,

Sintió que vivía las vísperas del adiós

Estaba marcado y lo perseguían

Apenas tuvo tiempo de tomar la mano del compañero en agonías

No es bueno que muera en soledad…

Es necesario que alguien sostenga su mirada…

Es justo morir a su lado, acaso dijo…

… Dio su espalda a la partida de asesinos

Los tiros fueron muchos y sintió que una nube de brazos

lo subían otra vez a su navío

Y mientras los vientos y las aguas lo llevaban del este hacia el oeste

Vio como las rojas y amarillas, humildes mariposas del bañado

Nunca antes tan brillantes

Rompían con sus alas

Las puertas de cristal del paraíso…

Vicente Zito Lema




domingo 24 de mayo de 2009

LAS PALABRAS, LA IDENTIDAD Y LOS PERROS DE LA POBREZA...

Hay palabras, en el origen de la vida… En la noche absoluta y sin matices hay palabras cuando la vida fue, memoria de la noche absoluta y sin matices… Que no se reitera, pero tampoco existe sin el común origen, fuera de una resonancia que perturbe el vacío…

Hay palabras que nacen sin recuerdo de la eternidad.

Son palabras fugaces, frágil llama en el viento… Viven en un tiempo atroz. Ocupan un espacio atroz. Les espera una oscuridad atroz; negrura que jamás conoció la luz…

Tiemblan en una soledad sin labios; sus huellas son tenues, fugitivas, apenas las pisadas de una sombra…

Post Scriptum: La palabra aquí es el alma, que resguarda al cuerpo en los aprestos del cadáver… ¡Ah, las músicas, las músicas!… Más allá de sí, de una decisión o de la voluntad; puras palabras ajenas a la voracidad de la muerte… Son palabras sin cuerpo, deberán construirlo; y en la medida que la palabra forma el cuerpo, el cuerpo dará sentido a todos los silencios…; en especial al que asoma en el final del camino… La muerte, entonces, también se construiría con la palabra y el alma tendrá cabida en el regocijo del cuerpo… (La palabra obscenidad quedará clausurada, el miedo se morderá su cola, los cielos vivirán en los cielos, y “la muerte ya no tendrá poder”…)

Hay palabras que nacen para increpar al destino. (Lucen celestes en el crispado río; son las palabras del viaje…)

Hay palabras que nacen cuando nacemos… De nosotros mismos, instante del instante, agónicos, oscuros, incompletos…

El cuerpo sigue siendo sangre sin carne; el alma todavía acomoda sus pasiones, sabe del desvarío, sabe del desamparo y como una bailarina ciega se prepara en las sombras para las danzas…

Post Scriptum: Semejante a la lluvia, que atraviesa los cuerpos, vemos a una madre que muerde las palabras, amorosa primero y más tarde arropada en una piedad extrema; ella puede sentir el aleteo de la muerte y se aleja, presurosa, en su boca carga el grito como si fuera la piedra de su martirio..., sueña con una pradera de salvación…

Hay palabras que nacen como nace el silencio, en el fin de las distancias, en el agua donde comienza el desierto después de la sed; allí donde los hijos matan a sus padres porque son jóvenes y fuertes y necesitan reír sin que nadie se refugie en sus risas con pasos de viejo y con ojos de viejo que ya no separan el bien del mal, por tanto hablar con la muerte. Allí, en el mismísimo lecho de la divinidad, donde el primer hombre y la primera mujer todavía se descubren… ¿lujuriosos…? ¿…azorados….? ¿Felices porque Dios no soporta la provocación y se fuga….? ¡Ah las bellas criaturas del temblor!... ¿Qué palabra colmará semejante mar sin peces; la palabra ayudará a entrar en el mundo del beatífico esplendor terreno a ese cuerpo que nunca entró, que jamás de los jamases salió de sí, aterrado, aterrado…?

Post Scriptum: cuando la palabra desafía a la divinidad, se come la lengua; ¿o es posible imaginar una palabra que no traicione a la muerte…? ¿Miedo y silencio son las dos caras de una espera que se resigna a ser espera…? ¿La rebeldía de la palabra que no existe sin un bendito o maldito amor a Dios, es el último sostén de “un alma en vilo”…?

Hay palabras que esperan a los cuerpos, sin mansedumbre, cumpliendo el ritual de la inocencia; así también los cuerpos aguardan sin guardia a las palabras en la noche de su destierro… Todo fluye hacia un espacio de anuncios; la identidad de la palabra se abre paso en el pantano; sucia de si, se pierde y se encuentra; sucia de sí, balbucea en el lodo, da gracias a los cielos como un naufrago que se aferra a las raíces de la orilla…

La identidad de la palabra –en las delicias del amor o en el socavón del odio, tanto da–, es una palabra que se alza, letra más letra, ladrillo a ladrillo, con la misma paciencia, con el mismo asombro que siente el cuerpo cuando descubre la lluvia en una lejanía sin nubes…

Post Scriptum: ¿Qué sucede con la palabra; tambalea, se sacude hasta en los cimientos su identidad, cuando un ser poseído por la angustia apresura los tiempos de la agonía inevitable y escribe su destino…?(¡Ah esa hoja que cae, dorada… dorada…!)

¿No será un anhelo de la palabra, que la palabra devaste a la agonía, así la palabra escucha a la palabra…? ¿O acaso el silencio no habla con el silencio en la noche perfecta de la perfecta mañana…?

Hay palabras que arden y arden con ansiedad y brillo en los pliegues de la caverna. En la desmesura de su totalidad, como unidad del lenguaje ungido en verdad amorosa, las palabras incendian la tierra del día y los cielos de la noche. Lentas palabras de agua, sirven para perderse en el vientre de una estatua de sal. Raudas palabras de aire, van y van, van y van…. Nube en las nubes… Las nubes se sostienen de palabras, jamás de llantos. (Nadie llora cuando la muerte resucita en los pasos de la belleza…)

Post Scriptum: El tema de la palabra es la fuga. Por fuera de su deseo el viento de la boca la enloquece; es su Mistral. Las palabras sobran en el cuerpo; hasta un barril sin fondo ni fin (aparente) desborda en el diluvio…

La fuga es un viaje en el navío de la angustia; allí la palabra es una valija que se hunde en el mar, puro lastre…

Hay palabras que sin respiro nos arrojan ante un espejo inapelable: ahí está la vida, ajena a la retórica, esquiva de los artificios, hosca frente a las representaciones que ahuecan las pasiones hasta el hartazgo…. Ahí está vida, muestra sin pudores ni moralinas sus carnes en llagas como si fueran el sol de los sacrificios, el himno de las miserias, un coro de condenados; y detrás, casi en penumbras, dolida, impotente, avergonzada, asoma otra vida, la que se soñó sería. (En el amor, sería; en lo justo, como acto primero y finalidad postrer, sería…)

Palabras y palabras, que den validez al mayor de los desgarros, en esa hora en que las mentiras ya no sirven, los lamentos persiguen inútilmente a los fantasmas y el número de muertes en el hambre de la calle espanta de la cama a las más aguerridas de las amantes… (Ah, ya no hay pausa ni para el perfume de los jazmines…)

Post Scriptum: En los bordes de la soledad alguien -¿nuestra mano? arroja una piedra húmeda y con algas contra el espejo; el espejo estallado es un alma que tiembla ante la negrura infinita del abismo… (¿Pero de quién es ese hambre de lengua desesperada que lame la piedra hasta nacer cadáver? ¿No es un niño el que yace en ofrenda servil ante los ojos del carancho…? ¿La redención es el comienzo de otra farsa…?

Hay palabras que advierten: la identidad del ser está en la palabra; es la palabra en la palabra, que da vida a las palabras; pero no se agota ahí, los usos y costumbres de la muerte tampoco se rinden tan fácilmente… Y cuando la palabra áspera en la garganta, de fuegos en los labios…, no coincide en sus huellas con los actos, se desnuda la impotencia del acto para constituirse en la esencia viva de la palabra: desde el origen su filo está mellado… (La criatura humana que pende de un hilo en el abismo no tendrá un final piadoso. O al menos pulcro, como exigen los notarios del buen dolor.)

Post Scriptum: Si el ser se consustanció con la palabra al punto de pervertirse en la pura palabra, fallece en el tamaño escándalo. Si el ser se reduce al acto, y construye su morada con paredes flacas, languidecidas, obre con conciencia o se sitúe lejos de ella, no tendremos otro fruto que un exceso de materialidad fingida… Nada así merece la existencia, la contradicción se resuelve en el silencio… (Las aguas del río corren hacía el océano, o se secan…)

Hay palabras de singularidad absoluta, profetizan el bien, aún sin topia. Hay palabras que sólo viven en la comparación, son palabras para el metro y la balanza, son palabras que nos hablan del mal porque imponen que alguna vez existió el bien -sea como idea, sea como acto-; lo necesitan para poder ser, así como la riqueza, más que considerada en sí, necesita de la pobreza para construir su identidad; existe necesariamente desde lo otro, que aquí es el dolor, inevitablemente dolor, tanto en el paroxismo de la sumisión, como en el inicio de la rebeldía.

También hay palabras pobres, de irreductible pobreza, su perfección puede concebirse en el grito, un grito del alma, en tanto su alegría y su tristeza provocan una misma fascinación: el velo está corrido; la luz nos desborda hasta el límite del sufrimiento, se funde con la locura. Hay palabras que a su vez necesitan del murmullo. Un murmullo con guijarros en la boca que pronuncia y un murmullo de pétalos de rosas en la misma boca cuando se cierra… Así podremos recorrer un extenso pentagrama, que se inicia en un cristal velado y culmina con trompetas y trombones para un cristal roto…

Post Scriptum: La lengua privada de los dioses para entenderse con la criatura humana es la lengua de los delirios; algo así como la piel de un lago… En la criatura humana el delirio es una necesidad voraz del espíritu, pura espuma de luz para no estallar de impotencia… Se trata de una belleza más que precaria, arena en el cosmos, no termina de aparecer cuando ya se extingue… Eso sí, su estela es imborrable. Tras su recuerdo, ya nada será como fue…

Hay palabras que nos habitan y preparan para el espanto que espera cuando descubrimos la eternidad en los ojos de un gato que merodea a los prontos muertos en las camas siempre húmedas de un hospital de pobres. Hay palabras que acompañan nuestro asombro en el surco de la conciencia; hay palabras que regresan extenuadas por su viaje y sin embargo persisten en interrogarnos: ¿qué es el grito…? Puertas adentro de un asilo de pobres hallamos una respuesta: el grito es la identidad del ser en la palabra, cuando el cuerpo fallece en su deseo: quiso construir la casa del alma… y era un tiempo sin treguas ni reconcilio…

Post Scriptum: Nadie llega al grito sin haber socorrido a la palabra, atascada en la muchedumbre de la soledad… Nadie se va del grito sin la certidumbre de conocer el cuarto de pobres donde duerme la muerte de los pobres. La palabra, entonces, ya no se protege y cuelga los guantes, de todas formas seguirá respirando… (Quien no se protege es el niño de la pobreza;llueve, como llueve cuando se enojan todos los ángeles, y entra en ese cuarto… Aquí, el pronóstico es certero, inevitable. El niño de la pobreza respira en el aire de la muerte; su suerte depende de un suspiro…)

Hay palabras que aguardan en la más profunda mismidad (pienso en un eterno socavón de una mina de diamantes, donde un perro de dientes negros roe la garganta de la luna…); en ese borde de fuga, resbaladizo, donde el lamento –en su abundancia y para mayor desgraciase transforma en vacío… Hay palabras para que el destino trágico del condenado pase a ser el drama vivo de una conciencia viva. Habría aquí una gracia de la voluntad, mucho más que una vía de milagro…

Hay palabras como cataratas de la realidad, como reiteración que defiende lo que ya existe; y hay palabras que traen las voces del sueño y del delirio, para que, ¡vaya paradoja!, la realidad de una vuelta campana y cobre sentido y agote los sentidos en la conciencia que despierta, incluso atroz, sobre los bosques de la inocencia… Hay palabras que mudan de río en río, que no soportan un mísero instante de quietud; ven allí los prolegómenos de un suicidio… Hay palabras que los dioses y los demonios consagran sobre nuestras cabezas, a sangre y fuego si es preciso, con la misma intensidad de un auto de fe, o de un mito… Hay palabras alucinadas que los ángeles nos susurran al oído, en memoria de aquellos días en que también éramos ángeles, aunque nuestros ojos estuvieron lacerados de tanto mirar los ojos del sol…

Post Scriptum: ¿La palabra es un artificio, la última jugarreta antes de aceptar que sólo nos pertenece un lecho. no un lecho de mar sino de escombros? De eso se trata: entrar en el sueño sin haber salido del sueño, tirando abajo, pacientes y obstinados, el muro que nos encierra. Ese muro que nos obliga a permanecer en una imitación trágica, en esa sustitución degradada de lo real, que realizamos día a día, con la ilusión de continuar vivos, por más lejos que se nos vaya la vida. Bienvenida pues la destrucción, aunque soñar deja de ser un deseo protector y el lecho de escombros se revele como una tortura cotidiana. En el exceso de contenido, que ahora se derrumba, se inicia un proceso (una angustia) liberadora. En tanto la pobreza es un exceso cruel, la tarea de demolición urge.

Hay palabras que recogemos de otras palabras, son su alma, y las volvemos propias, como si fueran la bóveda celeste con estrellas de infinita finitud de luz, donde esperan nuestros muertos… dormidos en sus lágrimas…

Las lágrimas guardan la memoria de un placer que no fue cumplido, y llegan ahora, convertidas en el eco de un dolor lejano, lejanísimo, casi impalpable, pero que aún escarba la herida.

De pronto ese dolor pega un salto sobre las ciénagas con botas de gigante, lo que ayer fue una ilusión, o un socorro de las magias, es hoy el parto de una rebeldía que entre gritos, llantos y risas nos llama, planta en el universo una nueva esperanza. Entonces la palabra deja de ser la idea, una escuálida idea; hay un cuerpo, surge el acto. La palabra en acto es nuestra piel, la pasión que estremece todo lo que somos… (Materia de un sueño irrepetible, que contamos y contamos en la levedad del día…)

La palabra no se desmerece. La palabra reconoce que hubo aquí una ceremonia virtuosa en los jardines del amor, a la hora del crepúsculo…

Vibran todavía apalabras de dulzura, mientras nos cierran los ojos… Lo que parecía un mare nostrum es el rocío de la lengua…

Post Scriptum: De los pliegues originarios de una realidad que no se finge, reconocemos una ética que poco y nada tiembla al maldecir las metáforas, las alegorías y las interpretaciones de las palabras que naturalizan el crimen de la pobreza y petrifican los actos de sumisión.

Hay palabras que son cuchilladas de alegría, cortan los nudos de un tajo: purísimo, prístino, primigenio… ¡Ah vida que renace para la vida!... ¡Ah historia de la criatura humana que puede ser contada desde los tajos…los que se dieron y los que no se dieron!

Hay palabras que a duras penas cargan con la tristeza; yacen sobre el sudor de sus pesadillas, beben de su sangre para su sed, caminan sobre las sombras y confunden su sombra, el ahogo de su sombra, con la muerte que anhela, acecha, abraza…

Hay palabras que son nuestros ojos: miran a los niños de la pobreza. (¿Saben de ellos? ¿Pueden mirar desde ellos? ¿Qué es la mirada? ¿Para quién es la mirada…?)

El firmamento celeste, muy celeste y cristalino se apaga. Las bellas nubes desaparecen rápidas en la garganta de algún fantasma…

Entramos en un territorio sin plegarias ni deseos. Aquí la identidad de la palabra, que marca el espacio y el tiempo del otro, y desde allí nos mira, sería un reconcilio con la muerte; un diálogo entre dos mentiras. Pena y pena. Apenas la pena…

Post Scriptum: Son días en que el lenguaje social se viste con las ropas del diálogo. Este gran paradigma nos huele a pescado viejo, a cadáver molido.

¿Diálogo entre quien tiene la soga en el cuello y el otro que de la cuerda tira?

Lo que se ve aquí es una lengua negra que se esfuerza hacía un cielo sin cielo; y del otro lado un verdugo, un poco cansado y un poco aburrido, que se acomoda sobre el pasto, en vísperas de la siesta…

Hay palabras que asaltan nuestra conciencia, y ahora dicen: desde el cuerpo en llagas y con el alma en fuego y sin halagos; desde el centro mismo de una existencia, capaz de firmar su propia partida de difunto sin renunciar al sentido de sus pasos, se puede construir una poética de alabanza a la belleza.

Sí, belleza, exaltación en alza de la palabra que la nombra, aún sobre la tierra púrpura, arrasada; aún sobre los propios huesos arrasados…

La pregunta roe la frente: ¿quién escribirá esas palabras de belleza; quién llenará esa espera florecida, cuando los perros que ayer aullaban a la luna hoy le aúllan en la cara a los niños empobrecidos de la pobreza…?

Post Scriptum: En tanto la contradicción llega al límite de lo insoportable, descubrimos que hay palabras que sólo tienen sentido como preguntas; y hay preguntas que han nacido como silencio… ¡Que el dolor lave las bocas!

Vicente Zito Lema,

Buenos Aires, mayo de 2009



LUZ EN LA CIUDAD DEL ESPANTO

viernes 1 de mayo de 2009

PRIMERA RELACION: LA POBREZA Y LA MUERTE.

“¿Qué hay entre ti y mi?”.
Nuevo Testamento. (Mc., V, 7 y Lc., VIII, 28).
Cita de Soren Kierkegaard:“El concepto de la angustia”.

I. Así como los muertos nos hablan de la muerte y ningún muerto ni todos los muertos son la muerte, y menos aún la eternidad, así también la pobreza.


Cada pobre vive la temporalidad estricta de su pobreza, sin embargo no la agota ni confunde su sustancia –propia e indeclinable por su sentido de trascendencia– con esa pobreza que no es en su origen naturaleza, menos aún designio de la divinidad. (Es inconcebible una perfecta divinidad que haga “trampas” a sus criaturas, pervirtiendo con la aparición de la pobreza ese poder de acción en libertad que define lo humano, que hace de lo humano el espejo donde la vida se refleja como amor en los ojos del otro).
Atrapado por la pobreza, despojado de su conciencia real, vaciados los contenidos de su existencia, sin posibilidad de tomar distancia de su permanencia en el dolor para observarse, el pobre no puede alcanzar la verdad de su real padecer, y hasta llega a sentir, desde una resignación que lo involucra sin transito con la producción alienada de la vida, que su pobreza particular le pertenece, que es la herencia recibida y la que debe transmitir, incluso como acto de fe, en tanto que bajo la mirada del ayer existe la pobreza y su mirada del mañana no deja de ser el recuerdo del hoy que revive en su condición de pobre.
Entonces la pobreza se convierte –he aquí la cruel paradoja-, en el último, fugaz y agónico camino de salvación de su extremo dolor. La angustia nace en el pobre porque la conciencia de la pobreza lo enfrenta con la muerte. Más aún, le han enseñado que la pobreza es un crimen del pobre.
Inducido día y noche al suicidio como sacrificio redentorio, será preciso –desde la lógica que garantiza la pobreza– que con su pasividad extrema el pobre pague sus culpas y recupere la inocencia.
Lo que se calla es que nadie puede ser inocente en la pobreza, que su materia es la ignorancia y su producción masiva, crónica e indiferenciada.
La pobreza contiene al pobre en su vastedad como la mar a sus olas, sin darle calidad de sujeto, jamás será un rostro y un nombre, no tendrá historicidad ni conciencia crítica, y obligado a sufrir el divorcio absoluto de su cuerpo y su alma –destruidos en soledad– no podrá devenir en espíritu de humanidad. No hay responsabilidad por la pobreza del pobre. Tampoco se acepta la culpa, en tanto el pobre está puesto por fuera del mundo humano, ni siquiera es lo otro, pertenece a una categoría abstracta y sin sentido, que se reproduce a sí misma: la pobreza
Así la pobreza no requiere sustancia primigenia de vida, es un predicado de la muerte; será vista como la consecuencia accidental –no previsible, tampoco deseada– de la riqueza. O, si se prefiere, un derivado patológico (se piensa en un delito aberrante, en una pústula, en un delirio) de un proceso de legalidad, de salud y normalidad que organiza el universo de los hombres “bien pensantes”, quienes, imbuidos de fe santa, libran contra el “mal” de los pobres la batalla por el paraíso perdido.
La pobreza nace con cada pobre, que deberá andar con sus pies sobre el mismo fuego original.
La muerte de un pobre no es el fin de la pobreza, que desde su ajenidad sigue regando las sombras como si fueran rosas.

II
La muerte ante la conciencia de la vida jamás será la nada (que estremece pero también justifica); es un no poder ser que nace cual detritus del amor sobre la angustia de la existencia, una eternidad paralizada en el instante que abrió sus alas y clavó sus garras en la materialidad de un hombre desnudo y sin socorro en el paroxismo de la desesperación.
La muerte es un todo de sustancia no perfecta, que antecede a la vida y se perpetúa en cada una de las vidas, tengan o no tengan pasado.
El discurso de la muerte recoge las palabras de la muerte y el silencio de los muertos, fundidos en los bordes del vacío.
La muerte no es el pecado de la vida.
El pecado de la vida es la pobreza, donde vuelven a escucharse, sin respuestas, las palabras de la muerte y el silencio de los muertos, en un desierto que desconoce la resurrección.
La muerte es para los vivos que han tenido existencia y en plenitud no forzada (se habla del ejercicio develado de las contradicciones). Así los pobres, que son “numerosidad” en la pobreza, pasan a la muerte desde una posición que se inscribe como materia tanática, agonía de la continuidad en una infinitud sin tránsitos.
La pobreza es una acción antes que un estado. Al igual que el lenguaje sólo se entiende como un todo. Se da de una vez y para siempre. (Salvo que la oscuridad de origen que la estructura y resguarda, se ilumine con su propia muerte).
La pobreza es más que una cantidad de privaciones, humillaciones y estadísticas: es una calidad morbígena, nefanda.
La pobreza priva de la conciencia profunda de la vida, ya no hay una anterioridad a la vida como pobre, ni una posterioridad a la muerte en la pobreza.
La pobreza a lo sumo permite navegar por los márgenes del saber de la pobreza; llegar a la verdad que escandaliza la realidad desde el interior de la pobreza, exige una experiencia que abreva en los rituales del sacrificio, y provoca, desde la excepción individual, la aparición del héroe, el genio o el mártir. Vista la pobreza como totalidad, su saber absoluto solo puede lograrse desde otra totalidad: su no existencia.
Es que la pobreza ya no necesita vincularse con la muerte. Existe en ella y por ella.

III
El ser sin existencia ocurre en los sueños.
El sueño es una eternidad que se produce en la vida.
La muerte no sueña la vida, la espanta, tras el pavor agudo de la pobreza.
La vida es anterior a la pobreza, pero la pobreza no reconoce el pasado de la vida, el tiempo lo conjuga en continuidad del presente.
La pobreza se mueve sin memoria y sin remordimiento. La memoria necesita de lo humano; tampoco es posible el remordimiento sin una divinidad que pida cuentas sobre el amor. El olmo nunca se planteó dar peras: en el espacio de la pobreza no hay lugar para lo humano y la divinidad sólo se recibe en tanto contribuya a la reproducción de la pobreza, convertida perversamente en principio de la realidad. Limosnas y resignación, perdón o consuelo son máscaras múltiples de un mismo crimen.
La pobreza es aquí un fantasma que abre los espejos del horror. Detrás de las máscaras absurdas, el horror es la muerte. La pobreza tiene el rostro definitivo de ningún rostro, un vacío sin humanidad, anonimidad pura.
En la pobreza la muerte no será el recuerdo crítico y consciente de la vida. El “bien” y el “mal” resaltan las opciones estereotipadas de una misma tragedia. La justicia o la piedad apenas sirven de alegorías macabras.
El pobre que muere con los zapatos de pobre sin haber soñado la muerte de la pobreza
–se habla aquí del sueño que saca a flote el deseo y anticipa la realidad–, no muere para la vida: despojado y expulsado de su existencia (su mismidad será un fantasma), muere sin clausurar el proceso de muerte, es apenas un fugaz suceso de la pobreza.
El pecado originario de la vida es la pobreza y no tiene absolución en el reino de los cielos. La “condena” al trabajo para modificar la naturaleza y reproducir la vida es el precio de la libertad, y hace de la pobreza una cuestión absolutamente humana, un litigio histórico y social.
La pobreza es cantidad que prosigue en cantidad sobre la tierra hasta que la muerte extinga el sentido de la vida.
La lectura individual de la pobreza responde a las reglas del azar. Páginas abiertas por el viento, a veces socorrido por las diosas del destino.
En la pobreza hay una garganta común que se oprime hasta que cada pobre, uno a uno, se cubre con las cenizas de la noche.
Cubiertos por esas cenizas de la noche no tendrán los pobres en la pobreza otra resurrección que la conciencia.
Los sueños de los pobres no son “un accidente maléfico”; tampoco responden al “espíritu de la inocencia”, nacen como un estertor desde la materialidad atroz de la pobreza, allí donde la muerte sueña la muerte de los pobres con los ojos bien abiertos.
Los pobres sueñan con los ojos dormidos para no ver la pobreza, pero ven la muerte, que jamás fue un pasajero de sus días, siempre estuvo en el final del camino. (¿Qué ven en la muerte los pobres...? ¿La vida que no dejó ver la pobreza...? )
La vida de los pobres se inicia con la muerte de la pobreza. En ese instante, abre sus aguas el río de la pureza, para que el sueño de la vida sea la propia vida, y la pobreza, ajena al poder de la muerte, sea apenas memoria del espíritu humano, cuando fue humillado, en nombre de la ley, sin que “clamara el cielo”, sin que se detuvieran las honras a la razón con que el poder instituye y vigila este mundo...

Vicente Zito Lema
2005

LA PRINCESA, LA NIÑA POBRE Y LA MUERTE DE LA TIERRA.


La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa? Ha perdido

su risa. Su boca está seca. La boca humana se cerró. Las palabras

que decían son silencio, en el polvo de la muerte que todo

lo convierte en memoria sin sudor…

¿Dónde está la risa de la princesa de la infancia? ¿Dónde está la infancia

de quienes nunca tuvieron princesas de cuentos y poemas

ni una infancia abierta a la mañana abierta

como un río de estrellas en el final de la noche…

La princesa está triste. La niña de la pobreza que se come sus dedos

está triste. Mañana se comerá su mano, su brazo, su hígado, su corazón.

Mañana se comerá la mañana.

¿Habrá mañana…?

La princesa está perdida en la niebla de los sueños. La niña de la pobreza

está perdida y olvidada y vejada en la oscura luz de la pobreza…

La pobreza de los sueños. La pobreza de la realidad sin sueños. La pobreza

de la vida que se vive en la muerte…

Allí están los cielos. Opacos. Opacos…

Aquí está la tierra. ¿Han visto la tierra con ojos de tierra?

La tierra está triste. ¿Qué tendrá la tierra?

La tierra está pobre. ¿Quién trajo la pobreza?

¿Dónde está la riqueza que hizo la pobreza?

¿Qué fue de los sueños de la princesa?

¿Dónde está enterrada la niña de la pobreza?

¿En la tierra sin cielos? ¿En la tierra sin tierra?

¿Quién, dónde y cómo? ¿Por qué se entierra

a la tierra?

¿No habrá una pasión de alegría para la triste princesa?

¿No habrá labios de amor para la niña de la pobreza?

¿Alguien le dirá a la muerte

que si la tierra se muere

ni siquiera habrá muerte….?


Vicente Zito Lema,

abril de 2009

lunes 13 de abril de 2009

EL CUERPO DE LA POBREZA.

Ser en la pobreza, en la desmesura sufriente de un ser
entre las sombras de su existencia. En la desmesura
absoluta de las pasiones tristes que lo desviven y en la
desesperación tan ávida como lejana de la felicidad, un
territorio más que utópico, apenas ilusorio.

Ser en la pobreza, en la irracionalidad de una época de
pobreza que deviene por fuera del sentido trasmitido como
lo vero humano. Ser en la pobreza, con una lógica y en
una estrategia para responder a una necesidad urdida en el
consumo de la vida, donde la pobreza también se consume
como fruto maldito, como vacío descarnado del otro,
como certeza del peligro que encarna el otro… en tanto
espejo de una existencia sólo posible en el horror.

Ser en la pobreza, ser madera en la hogera sin límites,
donde siempre sopla el viento que aviva las llamas pero
también alerta a la vida; ser en la pobreza, como si
alguien, pese a todo, pudiera sastisfacer un mandato
propio de los antiguos dioses, de los héroes sin tiempo…

Ser en la pobreza, cuando la vida y la muerte, en tanto
actos del bien y del mal que la corporizan, la vuelven
pensable, tangible, fatalmente material. Ser en la pobreza,
estar allí, sin otra salida que quemar las naves y decir
– entre risas, pánico y desafíos– : ¡vengan por mí, yo ya
fui!


Hay un aire que asfixia, un agua que ahoga, una luz que
oscurece sin escándalo. Sin que se altere el dictado
manifiesto de la ley: pulcro en las formas, corrupto en su
génesis, siniestro en su anclaje… Se permite una sospecha
de la verdad, sólo en los límites que imponen las
estrategias legitimadas por el poder sobre el saber
científico: impolutas, objetivas, desapasionadas… sin
espacio para involucrarse con la verdad de ese cuerpo que
se observa y se investiga mientras el cuerpo se martiriza.

Hay, en definitiva, un mundo de lo real que apesta por sus
cuatro costados, una luz de lo impuesto de lo real que
oscurece la luz de la vida, sin que la belleza deje de
suspirar entre las nubes de un cielo que brilla lejos de esa
tierra opacada, privada de amor, en la que apenas acontece
el ser de la pobreza, sin más consuelo que una rápida
agonía.

Es un espacio cotidiano, ganado por el miedo, paralizado
por el terror, acrítico, donde todo se naturaliza con una
ligereza que espanta, donde la representación de la vida se
confunde con la vida misma, en el espasmo angustiante de
la existencia. El dolor del ser en la pobreza será
minimizado, o peor aún, encerrado en la categoría de
castigo divino, de aprendizaje cruel pero merecido. En
cuanto a la humillación que sufre el ser en la pobreza, se
provoca un fenómeno de descalificación a partir del propio
lenguaje. La palabra se tensa como un látigo para azotar el
alma… sin escándalo.

Más allá de escondrijos y urdimbres del pensamiento, se
trata de entender que el ser de la pobreza se manifiesta en
la realidad social como el ser en el cuerpo (un cuerpo que
en armonía bienechora pudo convertirse en la casa del
alma
…).

He ahí sin tapujos la realidad del ser en la pobreza, aquello
que lo constituye y también lo diferencia: su existencia se
da en el espacio y en las prácticas de un cuerpo, que lo
produce y lo contiene en sí, el cuerpo de la pobreza. Para
el ser, puesto allí y sin poder salir de allí, por fuera del
cuerpo de la pobreza no habrá existencia. (Por más que lo
necesite, aunque su deseo se convierta en plegaria, en
blasfemia o en delirio.)

Todavía más: ese cuerpo, humano y no humano, nunca
acabado en su martirio y en su aprendizaje, resulta el
verdadero ser, la realidad manifiesta de la pobreza en la
construcción trágica de la existencia.

Ese cuerpo de la pobreza, ese sujeto sin metáforas ni
lenguaje que lo encubran, es un espacio permanente de la
contradicción, donde se produce a cara de perro el
histórico combate entre la vida y la muerte (que en algún
discurso se personifica en Eros y Tánatos, creando y
destruyendo, o si se recurre a la música habrá que
memorar los acordes de la luz y las tinieblas. ¡Fragor!,
¡Fragor!)


Hay un cuerpo como lluvia de cenizas. Hay un cuerpo
material para que la idea de la pobreza desnude su
impotencia. El cuerpo del ser en la derrota: el cuerpo del
fracaso de la historia como sueño humano. Ese cuerpo
excluído de los atributos de su mismidad, porque el
reconocimiento del cuerpo del otro se agotó en la práctica
de la usura.

Hay un cuerpo que anda por el mundo, sin espacio en el
mundo. Sombra y fantasma. Un cuerpo demandado,
sometido, ultrajado, amputado, violado, abusado,
despreciado, disciplinado, torturado, condenado en el
hacer y en el no hacer. (¡Palos por si bogas y palos por si
no bogas!
)

Ese cuerpo testigo de la vida como agonía de la vida.
Ese cuerpo sujeto de la agonía, ese cuerpo territorio de la
agonía, como si fuera todo el cielo y toda la tierra…

Ese cuerpo que narra –minucioso, exasperante…–
la historia del propio dolor humano.
Ese cuerpo de la pobreza sirviente de otras vidas que
existen a partir de su vida, y al que se le exige (mientras se
lo aleja, se lo exilia, se lo niega) la más preciada conducta
de vida en el vivir de otra vida, privilegiada como única y
elegida vida, desde el bien de la razón y el bien del
corazón. O sea: un espacio de representación, unas reglas
de acción legitimadas por sí y en sí, que rechazan
drásticamente todo lo que huela a cuestionamiento, a
simple diferencias en el saber y en los sentimientos, ni
siquiera se podrá imaginar por fuera de lo imaginado sin
que ocurra el castigo.


El cuerpo de la pobreza ha sido puesto fuera del tiempo.
Ha sido puesto fuera de sí. Es un acontecimiento sin
especificidad ni distinción. Amorfo y eterno.

Ese cuerpo de hombre, de niño… Ese cuerpo de mujer
irrepetible pasará a ser una ola en el mar, un cuerpo en el
sinfín de los cuerpos, en el agotamiento de la pobreza.

Un cuerpo de mujer, maldito y malnacido, objeto de la ira
de cualquier dios que se precie, pasto donde come el
Maligno, cama donde fornican todos los demonios de la
tierra y del infierno.


Ese cuerpo de la mujer de la pobreza, primero violado en
la impunidad de la cultura y después despreciado y penado
si no acepta los efectos secundarios de “la susodicha
violación según la boca de la dicente”, que “aquí fecha la
denuncia sin aportar mayores pruebas”, más que “su ropa
desgarrada, moretones fuertes en la cara y varias
cuchilladas en el cuerpo de la susodicha”…


Ese cuerpo, esa pobreza, esa mujer (y ahora se habla de la
figura de Madre y el cuestionamiento de las conductas
puestas fuera del imaginario representativo –¡Oh, Mater
amantísima!
–), que se deberá juzgar, castigar, demonizar,
desde la Ley, la religion y la moral, cuando somete su
cuerpo sometido a un nuevo sometimiento.

Trastocada la realidad desde su representación cultural la
violada violará y la victima es victimaria; todas las fuerzas
del mundo caen sobre el cuerpo de la pobreza, si vende o
si alquila su cuerpo, o lo permuta (sea en una parte o en el
todo, sea el vientre o la vagina, por hora, por días, hasta
que la muerte separe su cuerpo, o hasta la mismísima
eternidad), si castiga su cuerpo, si entrega a la muerte su
cuerpo o los frutos de su cuerpo…

El cuerpo de la pobreza será el horror –y el alma de ese
cuerpo también será penada, por el peor pecado cometido
con horror–, si abortó a su hijo aún en el trance del crimen
que sufrió, si abandona a su hijo en el terror de la pobreza
que la invalida, si lo vende o lo alquila por dinero o por
desesperación… Así también se prolongará el horror si se
aprovecha del humilde, del frágil fruto de ese vientre y lo
obliga a trabajar, a mendigar, a robar, a dejarse violar y
quedarse con las migajas en el tan provechoso, como
protegido, comercio de la prostitución… O si grita o llora
a más no poder por ese hijo que pierde el cuerpo de la
pobreza, la mujer de la pobreza más pobre, en el medio de
una noche sin belleza, ni piedad, ni olvido, esa noche
que siempre será la noche… Sin escándalo.


El que pregunta ya sabe. El que calla también sabe.
¿Quién se arroga lanzar la primera piedra?
O mejor: ¿quién se arrima al cuerpo de la pobreza para
destruir, junto a él, la pobreza que vive para que viva la
riqueza, esa riqueza que sólo vive en la riqueza, viviendo
de la pobreza, así como el mal vive en el mal y la muerte
en la muerte, así como el mal y la muerte existen en la
riqueza…?

Hemos vivido y ahora podemos preguntar:
¿Quién habla del amor desde el desamor…?
¿Quién exige lo justo al que fue obligado a sobrevivir en
la perpetuidad de lo injusto?

¿Quién trasciende la agonía cuando la soledad llama a la
soledad?

¿Cómo pedir palabras al sufriente en su lengua cortada,
decisión crítica al que fue saqueado hasta en su conciencia
y obligado a bajar la cabeza hasta que sus ojos se
confunden con el suelo?

¿Gestos de piedad a quien fue llevado a las rastras al
matadero, como si allí lo esperara la pira de la bendición?

¿Qué fue de la dicha? ¿Cómo se perdió la inocencia
prometida? ¿Acaso nuestra alma daba para más…?

Las nubes… Las nubes… Esas nubes que mueven el cielo
sin glorias…


Vicente Zito Lema
Verano de 2009

martes 24 de marzo de 2009

RESUCITACIONES